La noche ha caído en el barrio de Fátima, y con ella, una emoción serena recorre sus calles. A las puertas de un nuevo miércoles —ese que resta uno más y que anuncia que solo quedan dos para que amanezca el esperado Miércoles Santo—, María Santísima de la Encarnación ya se encuentra preparada para su próxima estación de penitencia.
La Virgen luce saya de tisú de plata finamente bordada en oro y seda de colores. Un delicado tocado de encaje de Bruselas del siglo XIX enmarca su rostro, iluminado por la esperanza de un barrio que la aguarda con el alma. Sobre su pecho, un broche de oro y corales con su nombre, Encarnación, subraya la devoción de su gente. Y como gesto de amor, sobre su manto de salida descansa una toca bordada en oro, donación de un hermano de la corporación, símbolo de fe y entrega silenciosa.
La Virgen, de Reina.
Para su gente, para su barrio.
Para Fátima entera, que ya sueña con verla caminar entre cirios y azahares.
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